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domingo, 9 de febrero de 2014

LA ROPA DE LOS CONQUISTADORES DE CARACAS

Es común imaginar a los conquistadores que actuaron en la provincia de Venezuela y en particular en la conquista de Caracas como caballeros muy medievales, embutidos en relucientes corazas, cascos y medias armaduras de cintura arriba, tal como se representa -en pose formal de fundador- al capitán poblador Diego de Losada (y a sus soldados en segundo plano), en un conocido cuadro del pintor Herrera Toro.
Lo cierto es que esa vestimenta poco o nada se estiló en la conquista. Su peso y rigidez, más que defender, impedía. Desde muy temprano los castellanos que llegaron a Venezuela se dieron cuenta que contra las flechas de estos indios caribes no valía armadura, si las flechas entraban por una pierna, o en la cara, o en una mano, pues eran flechas envenenadas con una ponzoña tal que un simple razguño más o menos profundo, hecho por alguna de ellas en cualquier parte del cuerpo, era como ser picado de mapanare, o peor. Hubiérase necesitado, entonces, una armadura total, completa, tipo caballero templario, para toda la tropa tanto de a pie como de a caballo, cosa inimaginable para una milicia que debía transitar por montañas, arcabucos, breñas y ríos en medio de un sol abrasador. Las flechas que usaban los aborígenes en guerra se las conocía como flechas "de veinticuatro horas", porque el efecto de su ponzoña era tal, que quien sufriera una herida con ellas moría en ese lapso de tiempo, o antes, "rabiando, y sus carnes cayendo a pedazos...". 
El temor a morir flechado llevó a Losada en una parada de su hueste en febrero de 1567, en la Villa Rica de Nirgua, entre Barquisimeto y Valencia, a encomendarse a San Sebastián, "patrono contra las flechas" que esperaban recibir por miles en su lucha contra los indios de Caracas. Ante la perspectiva de morir así, de esta incómoda forma, entre indios "herbolarios", muchos aprendieron a cambiar el altivo casco emplumado, la coraza y el peto de acero, por el humilde "escaupil", o "sayo de armas" indiano, un burdo batolón que cubría el cuerpo y los brazos, desde la cabeza a los pies, con una rendija para los ojos, hecho de gruesas capas de algodón de lienzos usados, de diversos colores, que a la vista, hacía parecer a los soldados más como arlequines estofados al sol que milicia "del rey". En palabras del cronista y testigo fray Pedro Simón: "unas caperuzas muy viejas y mugrientas, hechas de pedazos de paños de colores, con dos o tres aforros de mantas de algodón, con hechura casi de sombreros, la copa de cuatro cuartos, cada una de su color, y la falda que ceñía a la redonda de otros cuatro colores, que verla era más materia de risa y entretenimiento que de confianza para alguna defensa y ... la estimaban más gorras de terciopelo ..."
El bizarro aspecto de estos conquistadores quedó registrado para la historia en el sardónico comentario que de ellos hizo el Tirano Lope de Aguirre, venido del Perú en 1561, y no acostumbrado a ver tal estampa, creyéndolos en la miseria, al escribir al rey su célebre carta de rebeldía eterna, desde Valencia: "... porque en las muestras que en la tierra hemos visto, nos han puesto alas y espuelas para no parar en ella, que por unas caperuzas y lanzas -que por huir unos soldados de Usted dejaron en el camino-, hemos visto cuán medrados están los demás..."
No obstante, estos burdos "sayos de armas" eran tan efectivos para los conquistadores de Venezuela, contra las flechas, que a veces sus múltiples colchas de algodón grueso resistían hasta las balas de los arcabuces de aquella época, como lo hicieron en esa oportunidad, irónicamente, contra las de Aguirre, en su derrota en Barquisimeto, bajo el mismo principio del chaleco multicapa antibalas moderno.
Tomado de nuestro Facebook

sábado, 8 de febrero de 2014

1640 LA REAL PROVISIÓN DE AGUA AL DEÁN DESCOTO

Real Provisión del Agua solicitada al rey en 1640, a favor del deán de la catedral de Caracas, don Bartolomé de Escoto, en la que su procurador, Bartolomé de Castro Aguiar, pedía se emitiese a favor del deán otra igual a una provisión real dada previamente a la iglesia Catedral. El esquema anexo muestra, según nuestras investigaciones, el recorrido de la acequia desde su entrada a las cuadras viniendo de la caja de agua, y los vecinos y solares por donde pasaba, para la fecha. 
Pedía el  procurador:
"... digo que Vuestra Alteza fue servido de despacharme su Real Provisión, a pedimento del dean, cabildo y prebendados de la dicha iglesia para que dexaren libremente -los vecinos anteriores con viviendas- correr la acequia del agua que pasa por sus casas, para que gozase de ella la dicha iglesia de ordinario para sus fábricas, y los capitulares sucesivos para sus casas, sin que la detuviesen, ni divertiesen, maliciosamente. 
Y es así que el dicho mi parte tiene su casa y vivienda en diferente calle, por donde corre así mismo otra acequia de agua, diferente que la contenida en la dicha Real Provisión; y los vecinos anteriores a la casa de mi parte, que son: María Cobos, Juan Sánchez Borrego, Agustín Gutiérrez de Lugo, Juan de Torres Maldonado, Luis de Ledesma, Melchor de la Riva, Domingo de Liendo y Pedro de Liendo detienen el agua de la dicha acequia en las dichas sus casas y guertas, y la divierten en sanjas del curso ordinario para que se detenga, de que recibe mucho daño y perjuicio el dicho dean mi parte y su casa por faltar el agua para el servicio della, y no se puede valer de la dicha Real Provisión despachada por V. A., por hablar con diferentes vecinos y ser diferente el agua y acequia.
A Vuestra Alteza pido y suplico se sirva de hacer merced a mi parte de que se le despache Provisión Real e con graves penas mandando a todas las personas que tengo referidas dexen correr libremente el agua de la acequia que pasa por sus casas, sin divertirla, ni detenerla, para que el dicho mi parte pueda gozar de ordinario en su casa de la dicha agua ..."


Tomado de nuestro Facebook


viernes, 7 de febrero de 2014

SAN JORGE, PATRONO CONTRA LA LANGOSTA


Cuando la plaga de langosta agostó los recientemente sembrados trigos del valle de Caracas, a fines del s. XVI, el clamor popular de los preocupados cosecheros llevó a un cabildo abierto en la plaza mayor, frente a la iglesia, para escoger un protector contra dicha plaga. por sorteo salió San Jorge, a quien prometieron los vecinos rendirle honores todos los años un día señalado, voto de la ciudad que se cumplió invariablemente en adelante hasta fines de la colonia, a pesar que ya a mediados del s. XVII el trigo y sus molinos habían dado paso en mucha medida al cultivo de la caña y las haciendas de trapiche.


La lanza arrumada a la talla no parece ser parte original de la figura, que por la posición de la mano quizás tuvo una con la punta apuntando hacia abajo, hiriendo un faltante dragón, el que va asociado generalmente a San Jorge y por supuesto, la talla no pudo  originalmente estar presa en un nicho, si la lanza excedía por su largo el breve espacio donde han encarcelado al santo.

La talla colonial se exhibe en la catedral de Caracas.
Tomado de nuestro Facebook